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Oda al cumpleaños noventero: una fiesta humilde pero maravillosa

PD: Este post debe leerse con Cachureos de fondo. Porque sí, es imposible hablar del cumpleaños noventero sin Cachureos.

Nada de niños exigiendo todo el merchandising temático de Cars o alguna otra película preferida de pendejos, nada de mamás ataviada en el supermercado más cercano comprando las cosas más baratas que hayan en la variedad, nada de pensamientos tipo “ay, ¿Qué lugar vamos a arrendar? No tiene que ser muy caro”. NO SEÑORAS Y SEÑORES. Un cumpleaños en los 90s no era una celebración prefabricada ni un momento hecho para gastar grande sumas de dinero, porque un cumpleaños en los 90 era simplemente eso… una celebración.

Aquella tensa espera de que tu compañero/a comenzara a repartir las invitaciones en la clase, y que le rezaras a todos los dioses habidos y por haber para que a ti también te llegara una invitación, todo para que el gran día tu mamá te hiciera un languetazo de vaca presionado al craneo, te bañara con colonia de guagua, te pusiera la mejor ropa de día domingo y de un palmazo en el poto te mandara hasta la casa de tu amigo donde se haría el cumpleaños.

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Porque nada de lugares arrendados o espaciosos, todo cumpleaño se hacía sagradamente en el living comedor de la casa, un living decorado con muchos globos de distintos colores, un mantel de plástico decorado con payasos deformes tipo IT, serpentinas por todas partes y una mesa aderezada con las mejores comidas del mundo: las que hacía tu mami. Nada de andar encargando tortas, esta la hacía la mamá con un gran queque cubierto de crema chantillí, adornada con mostacillas y esas perlas que se comían y que eran tan duras que te sacaban hasta la muela del juicio. ¿Y el resto de comida? Leche con chocolate caliente salida directamente de la olla de la cocina, y cientos de canapés hechos con pasta de huevo o paté y decorado ordinariamente con un pedazo de aceituna encima pa que pareciera “gourmet”. Y si querías algo más, nada que el almacén de la esquina no te ofreciera: suflés de papas, chocolates safari, harto 303 y krapulito, y la cajita con sorpresas pa que cada cabro chico se fuera feliz a la casa (todavía recuerdo cuando me salió un autito de plástico en la sorpresa y fue más feliz que el mismo cumpleañero).



Pero no quedaba ahí, porque luego venía el momento de la discordia: la lucha extrema tipo WWE para agarrar la mayor cantidad de dulces cuando rompieran la piñata. Y ahí la amistad se terminaba, porque si eras capaz de querer agarrar más dulces que yo, a mi no me importaría nada y te haría o la tumba rompecuellos del Undertaker o el codazo del pueblo de La Roca pa poder ganarte.

Celebración de cumpleaños

Pero la animadversión duraba poco, ya que después de la piñata venía el mejor momento: salir a jugar a la calle. Y eh ahí en donde las palabras de tu santa madre cuando te decía “no ensucies tu ropa”, te valían hongo ya que dejabas la vida en aquellos juegos, tanto así que si no terminabas más sopeao que chofer de micro definitivamente no te divertiste lo suficiente.

En fin, el cumpleaños terminó, me fui devuelta a la casa. Aunque, realmente, ¿El cumpleaños terminó? No lo creo, porque seguía casi una semana entera comiendo esa mazamorra extraña que se formaba dentro de la bolsita que nos daba la dueña de casa, y que contenía un pedazo de torta, queque, hartos dulces, suflitos de papas y hasta papas fritas. Algo que podría parecer una mezcla asquerosa, pero que igual salvaba.  Y es que bueno, ¿Qué importaban los regalos? ¿Qué importaba el dinero gastado? ¿Qué importaba la comida? Lo único indispensable de un buen cumpleaños era una mamá buena onda, un living comedor limpio y un grupo de cabros chicos igual que uno dispuestos a pasarlo bien <3

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