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Oda a tomar once de los noventas: sin celulares y todos en familia

No sé a ustedes, pero a mi me gustaban más las onces noventeras que las de ahora. ¿Y por qué? Bueno, les diré.
Una once en los noventas era algo especial. Nada de unos por aquí y otros por allá comiendo cuando quisieran, nonono, porque en los 90s la once era EL momento en que toda la familia estaba unida en la mesa. Y si faltaba alguien, había que esperarlo sí o sí.

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Mientras la mamá calentaba el agua, se escuchaba aquel delicado y femenino grito que atravesaba todas las paredes de la casa y que sonaba algo así como “SSSSHIQUILLOOOOSSS, A COMEEEEEEEER”, momento en el que uno rajaba a la pieza más rápido que Usain Bolt pa sacarse el uniforme del colegio, ponerse cualquier pilcha y rajar de vuelta a la mesa para sentarse y comenzar aquel delicioso manjar que estaba en la mesa. Y es que comer con el uniforme puesto era una herejía tan grande pa tu madre, que si no queríai un coscacho gratis, era mejor que te lo sacaras. Aunque bueno, quizá la mesa ni siquiera estaba puesta, y tu mami solo te troleo para que la ayudaras a ponerla. ¡AAAAHH, DE NUEVO TROLEADO!!

En fin, la mesa estaba lista, los asientos listos, cada uno sabía la posición en la que tenía que sentarse… ¡Ya era hora de comer! Y ufff, ese pan calentito con mantequilla derretida, la mermelada en un potecito, el manjar abierto, una palta recién hecha, y lo mejor de todo: un Milo que casí pedía a gritos que te lo comieras a cucharadas.
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Y no, nada de cada uno pegado al smartphone y haciendo como que los demás existieran, porque aquella once con toda la familia achoclonada a una mesa chica, era el momento perfecto para conversar acerca de como estuvo el día, qué cosas hicieron, como les fue en el colegio o la pega, etc. Y bueno, aquella sobremesa era interrumpida por una sola cosa: la tele prendida en el TVN y viendo la teleserie que la llevaba en aquel momento. Porque comentar qué cosas estaban pasando en Romané, Iorana o Sucupira era más bakan en la mesa.

En fin, la once terminó, la teleserie quedó mejor que nunca. ¿Qué le quedaba a uno ahora? ¡SALIR A JUGAR A LA CALLE! Porque una de las cosas en las que uno daba la vida entera era cuando salía al pasaje o al barrio y se ponía a jugar con sus vecinos amigos. Y es que como todos tomaban once a horas similares, uno ya cachaba cuando estarían terminando los demás, cálculo matemático digno de Einstein que me servía pa poder saber cuando vería a mis amigos afuera y podría jugar con ellos a los países, la tiña, los tazos o lo que fuera. Y es que con esa once que comí, quedaba llenito pa poder tener cuerda hasta que la mami dijera “Ya, hora de entrar a la casa”.

Bueno, supongo que los tiempos cambian y la tecnología nos comió a tal punto que ahora uno se encierra en su pieza, está en el pc o celular y come solo. Pero igual, no me quejaría si volvieran aquellas onces que nos hicieron tan felices. Porque volver al pasado no siempre es algo malo 
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